7/08/2016

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A. Villiers de L’Isle-Adam


La Tortura De La Esperanza*
Traducción del francés de Gregoria Gutiérrez Oliva


¡Oh! ¡Una voz, una voz, para gritar!…
Edgar A. Poe: El pozo y el péndulo



Bajo las bóvedas de la Aljafería, sede del Tribunal de la Inquisición de Zaragoza, a la caída del sol de un día de antaño, el venerable Pedro Arbués de Espila, sexto prior de los dominicos de Segovia y tercer Gran Inquisidor de España, seguido por un fraile redentor (Maestre Torturador) y precedido de dos familiares del Santo Oficio, que llevaban unos faroles, descendió hasta un calabozo olvidado. La cerradura de una puerta maciza chirrió; penetraron en una celda mefítica, dónde la luz dolorida que caía desde arriba dejaba entrever, entre argollas empotradas en los muros, un caballete ennegrecido de sangre, una hornilla y una jarra. Sobre un camastro de paja y sujeto con grilletes, el collar de hierro al cuello, estaba sentado, despavorido, un hombre harapiento de una edad incierta.

Este prisionero no era otro que el rabí Aser Abarbanel, judío aragonés que, acusado de usura y despiadado desprecio por los pobres, había sido sometido a tortura, día tras día, desde hacía más de un año. Sin embargo, al ser su ceguera más dura que su pellejo, se había negado a abjurar.

Orgulloso de una filiación de varios milenios y de sus rancios antepasados, pues todos los judíos dignos de ese nombre son celosos de su sangre, descendía, según el Talmud, de Otoniel y, por consiguiente, de Ipsiboe, mujer de este último Juez de Israel, circunstancia que había apuntalado su valor cuando sufría los suplicios más extremos.

Entonces fue cuando el venerable Pedro Arbués de Espila, con los ojos llorosos, pensando que esta alma tan firme se negaba a la salvación, se acercó al tembloroso rabino y pronunció estas palabras:

—Hijo mío, alegraos porque vuestros sufrimientos en este mundo van a terminar. Si en presencia de tanta obstinación, tuve que permitir, a mi gran pesar, que practicaran tanto rigor, mi deber de corrección fraterna tiene sus límites. Sois la higuera recalcitrante que hallada tantas veces sin fruto, se expone a secarse… pero solo a Dios le corresponde decidir sobre vuestra alma. ¡Quizá la infinita Misericordia brille para vos en el instante supremo! ¡Debemos esperarlo! Hay ejemplos… ¡Así sea! Descansad, pues, esta noche en paz. Mañana formaréis parte del auto de fe, es decir que seréis expuesto en el quemadero, brasero precursor de la llama eterna. Bien sabéis, hijo mío, que no quema sino desde la distancia y la Muerte tarda en llegar al menos dos horas (a menudo tres), debido a los paños mojados y helados con los que procuramos proteger la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis solamente cuarenta y tres. Pensad que, situado en la última fila, tendréis el tiempo necesario para invocar a Dios y ofrecerle este bautismo de fuego que es el del Espíritu Santo. Así pues tened esperanza en la Luz y dormíos.

Al acabar este discurso, Don Pedro Arbués, con un gesto, hizo que desencadenaran al desgraciado y lo besó con ternura. Después le llegó el turno al fraile redentor que, en voz baja, pidió al judío que le perdonara todo lo que le había hecho sufrir para redimirle; luego le abrazaron los dos familiares, cuyo beso fue silencioso debido a sus cogullas. Acabada la ceremonia, dejaron al cautivo, solo y desconcertado, en medio de las tinieblas.
  
El rabí Aser Abarbanel, con la boca seca y el rostro pasmado por el sufrimiento, consideró primero, sin prestarle atención, que la puerta estaba cerrada. «¿Cerrada?...» Esta palabra despertó, en lo más recóndito de su ser, entre sus pensamientos confusos, una visión. Había vislumbrado, por un instante, la luz centelleante de los faroles por la rendija que se abría entre los muros y la puerta. Una esperanza mortecina, debida a la debilidad de su cerebro, conmocionó todo su ser. ¡Se arrastró hacia la insólita aparición! Y, muy despacio, deslizando un dedo, con mucha precaución, tiró de la puerta entreabierta hacia sí. ¡Oh, estupor! Por una casualidad extraordinaria, el familiar que la había cerrado, giró la pesada llave un poco antes de que alcanzara el tope contra los montantes. De esta forma, al no haber entrado la trabilla en el pasador, la puerta del reducto se volvió a abrir.

El rabino arriesgó una mirada al exterior. 

Amparado en una especie de oscuridad lívida, lo primero que distinguió fue un semicírculo de muros terrosos, perforados por espirales de peldaños; y, dominando, frente a él, tras cinco o seis escalones de piedra, una especie de porche negro, que daba acceso a un amplio corredor, del cual solamente se podían vislumbrar, desde abajo, los primeros arcos.

Entonces, arrastrándose, llegó a la altura de este umbral. Sí, en efecto, era un corredor, pero de una longitud desmesurada. Un día descolorido, como una tenue luz de ensueño, lo iluminaba. Unas lamparillas, colgadas de las bóvedas, azulaban, a intervalos, el color pálido del aire; el fondo lejano era solo sombras. ¡Ni una puerta en los laterales, en toda la extensión! En uno solo de los lados, a su izquierda, unos respiraderos enrejados, abiertos en los hundimientos del muro, dejaban pasar un crepúsculo, que debía de ser el del atardecer, por las rayas rojas que cortaban, de vez en cuando, el pavimento de losas. ¡Y qué espantoso silencio!... Sin embargo, allá, en la profundidad de esas brumas, una salida podía darle la libertad. La vacilante esperanza del judío era tenaz, porque era la última.

Sin titubear, se aventuró sobre las losas, rozando la pared de los respiraderos, esforzándose para confundirse con los tonos tenebrosos de los largos muros. Avanzaba con lentitud, arrastrándose sobre el pecho y ahogando los gritos cuando una herida, recién hecha y en carne viva, le laceraba.

De pronto, el ruido de unas sandalias que se acercaban le llegó en el eco de esta galería de piedra. Le sacudió un temblor, ahogado de ansiedad; se le oscureció la vista. ¡Vaya! ¡Era sin duda el fin! Se acurrucó en un hueco y medio muerto, esperó.

Era un familiar que caminaba deprisa. Pasó rápidamente empuñando un extractor de músculos, con la cogulla tapándole la cabeza, de aspecto terrorífico, y desapareció. La sobrecogedora impresión que petrificó al rabino, dejándole con sus funciones vitales en suspenso, le duró casi una hora sin que pudiera realizar movimiento alguno. Ante el temor de que se acrecentaran sus tormentos si le volvían a detener, le vino la idea de volver a su celda. Pero la vieja esperanza le susurraba en el alma ese divino «quizá» que le reconfortaba en los peores momentos. ¡Se había producido un milagro! ¡Ya no debía dudar! Empezó de nuevo a arrastrarse hacia la posible evasión. ¡Extenuado de dolor y de hambre, temblando de angustia, siguió avanzando! ¡Y ese corredor sepulcral parecía alargarse misteriosamente! Y él, sin dejar de avanzar, miraba fijamente la sombra, a lo lejos, donde tenía que estar la salida que lo salvaría.

¡Oh, oh! He aquí que de nuevo sonaron unos pasos, pero esta vez más lentos y sonoros. Allá, emergiendo del aire apagado, se le aparecieron las formas blancas y negras de los inquisidores, con largos sombreros de bordes enrollados. Hablaban en voz baja y parecían discutir sobre algo importante, porque agitaban sus manos.

Ante lo que se le acercaba, el rabí Aser Abarbanel cerró los ojos: el corazón le latía a punto de matarlo, sus harapos se empaparon de un frío sudor de agonía. Permaneció abismado, inmóvil, tendido a lo largo del muro, bajo los rayos de luz de una lamparilla; como paralizado, implorando al Dios de David.

Al llegar ante él, los dos inquisidores se pararon bajo la débil luz de la lámpara, lo cual se debió sin duda, a la casualidad surgida de su discusión. Uno de ellos, escuchando a su interlocutor, se quedó mirando al rabino. Y bajo esa mirada, de la que no captó en un primer momento, la expresión distraída, el desgraciado creyó sentir aún las tenazas candentes morder su pobre carne. ¡Iba a convertirse de nuevo en un lamento y una llaga! Desfalleciente, sin poder respirar, latiéndole los párpados, se estremecía bajo el roce de la ropa. Pero, cosa a la vez extraña y natural, los ojos del inquisidor, que eran de toda evidencia los de un hombre profundamente preocupado por lo que iba a contestar, absorto en lo que estaba escuchando, estaban clavados en el judío y parecían mirarle sin verle. 

Efectivamente, al cabo de unos minutos, los dos siniestros discutidores prosiguieron su camino, a paso lento, y sin dejar de hablar en voz baja, hacia el cruce de donde había salido el cautivo: ¡No lo habían visto!… De suerte que, en medio del terrible desconcierto de sus sensaciones, le atravesó el cerebro esta idea: «¿Estaré ya muerto, puesto que no me ven?». Una impresión horrible lo sacó de su letargo: al fijarse en el muro al que pegaba su rostro, creyó ver muy cerca de los suyos, dos ojos feroces que lo observaban… ¡Echó la cabeza hacia atrás como en un trance delirante, agitado y brusco, los cabellos erizados!... ¡Pero no! ¡No! Su mano acababa de darse cuenta, palpando las piedras: aquello era el reflejo de los ojos del inquisidor que aún mantenía en las pupilas y que había proyectado sobre dos manchas del muro. 

¡Adelante! Era preciso apresurarse hacia esa meta que él, de un modo enfermizo sin duda, imaginaba ser la liberación; hacia esas sombras de las que solo le separaba una treintena de pasos, más o menos. Así pues, retomó, más de prisa, su vía dolorosa, avanzando ahora sobre las rodillas, sobre las manos o sobre el vientre. Y, al poco tiempo, entró en la parte oscura de ese corredor espantoso.

De pronto, el miserable sintió frío en las manos, que iba apoyando sobre las losas; el frío procedía de un soplo de aire violento, que se colaba por debajo de la puerta en la que terminaban los dos muros. ¡Oh, Dios mío! ¡Si esta puerta diera al exterior! El lamentable fugado sintió en todo su ser como un vértigo de esperanza. Examinó la puerta de arriba abajo sin poder distinguirla bien por las tinieblas que lo envolvían. Palpó: no había cerrojos ni cerradura. ¡Un picaporte! Se irguió: levantó el picaporte con el pulgar; la silenciosa puerta giró ante él. 

“¡Aleluya!” murmuró, con un hondo suspiro de acción de gracias, el rabino que se hallaba ahora de pie en el umbral, a la vista de lo que veían de pronto sus ojos. 

¡La puerta se había abierto a unos jardines bajo una noche estrellada! ¡Se había abierto a la primavera, a la libertad, a la vida! El jardín daba a los campos cercanos, extendiéndose hacia las sierras cuyas sinuosas líneas azules se perfilaban en el horizonte. ¡Allí estaba la salvación! ¡Oh! ¡Huir! Corrió toda la noche por esos bosques de limoneros llenándose de sus perfumes. ¡Una vez en las montañas, estaría salvado! Respiraba aquel aire bendito; el viento lo reanimaba, sus pulmones resucitaban. Oía, en su corazón henchido el veni foras de Lázaro y para bendecir todavía más a Dios que le había concedido esta misericordia, extendió los brazos ante él, alzando la mirada al firmamento. Fue un éxtasis.

Entonces, creyó ver la sombra de sus brazos volverse hacia él; creyó sentir que esos brazos de sombra lo rodeaban, lo enlazaban y que estaba tiernamente abrazado contra un pecho. En efecto, una figura alta se hallaba junto a la suya. Confiado, dirigió su mirada hacia esa forma y se quedó tambaleante, enloquecido, los ojos lúgubres, temblorosos, hinchando las mejillas y babeando de espanto.

¡Horror! ¡Se hallaba en los brazos del mismísimo Gran Inquisidor, del venerable Pedro Arbués de Espila, quien lo miraba con los ojos llenos de lágrimas y un semblante de buen pastor que encuentra a su oveja descarriada!...

El siniestro sacerdote apretaba contra su corazón al desdichado judío, con un ímpetu de caridad tan ferviente, que las puntas del silicio monacal que llevaba bajo el hábito, se le hincaron en el pecho al dominico. Y mientras el rabí Aser Abarbanel, con los ojos en blanco bajo los párpados, jadeaba su angustia entre los brazos del ascético Don Pedro Arbués y comprendía confusamente que todas las fases de esa noche funesta formaban parte de un tormento previsto, el de la esperanza, el Gran Inquisidor con un tono sobrecogedor de reproche y la mirada consternada, le susurró al oído con un aliento abrasador y alterado por los ayunos:

—¡Y bien, hijo mío! ¡La víspera, quizá, de la salvación… usted quería dejarnos!
  
  



  
La Torture Par L’Espérance*
     
     
Oh! une voix, une voix, pour crier!…
EDGAR POE. Le Puits et le Pendule.

     

Sous les caveaux de l’Official de Saragosse, au tomber d’un soir de jadis, le vénérable Pedro Arbuez d’Espila, sixième prieur des dominicains de Ségovie, troisième Grand-Inquisiteur d’Espagne, — suivi d’un fra redemptor (maître-tortionnaire) et précédé de deux familiers du Saint-Office, ceux-ci tenant des lanternes, descendit vers un cachot perdu. La serrure d’une porte massive grinça ; l’on pénétra dans un méphitique in-pace, où le jour de souffrance d’enhaut laissait entrevoir entre des anneaux scellés aux murs, un chevalet noirci de sang, un réchaud, une cruche. Sur une litière de fumier, et maintenu par des entraves, le carcan de fer au cou, se trouvait assis, hagard, un homme en haillons, d’un âge désormais indistinct.

Ce prisonnier n’était autre que rabbi Aser Abarbanel, juif aragonais, qui, prévenu d’usure et d’impitoyable dédain des Pauvres, — avait, depuis plus d’une année, été, quotidiennement, soumis à la torture. Toutefois, son « aveuglement étant aussi dur que son cuir », il s’était refusé à l’abjuration.

Fier d’une filiation plusieurs fois millénaire, orgueilleux de ses antiques ancêtres, — car tous les Juifs dignes de ce nom sont jaloux de leur sang, — il descendait, talmudiquement, d’Othoniel, et, par conséquent, d’Ipsiboë, femme de ce dernier Juge d’Israël : circonstance qui avait aussi soutenu son courage au plus fort des incessants supplices.

Ce fut donc les yeux en pleurs, en songeant que cette âme si ferme s’excluait du salut, que le vénérable Pedro Arbuez d’Espila, s’étant approché du rabbin frémissant, prononça les paroles suivantes :

— Mon fils, réjouissez-vous : voici que vos épreuves d’ici-bas vont prendre fin. Si, en présence de tant d’obstination, j’ai dû permettre, en gémissant, d’employer bien des rigueurs, ma tâche de correction fraternelle a ses limites. Vous êtes le figuier rétif qui, trouvé tant de fois sans fruit, encourt d’être séché… mais c’est à Dieu seul de statuer sur votre âme. Peut-être l’infinie Clémence luira-t-elle pour vous au suprême instant ! Nous devons l’espérer ! Il est des exemples… Ainsi soit ! — Reposez donc, ce soir, en paix. Vous ferez partie, demain, de l’auto da fé : c’est-à-dire que vous serez exposé auquemadero, brasier prémonitoire de l’éternelle Flamme : il ne brûle, vous le savez, qu’à distance, mon fils, et la Mort met au moins deux heures (souvent trois) à venir, à cause des langes mouillés et glacés dont nous avons soin de préserver le front et le cœur des holocaustes. Vous serez quarante-trois seulement. Considérez que, placé au dernier rang, vous aurez le temps nécessaire pour invoquer Dieu, pour lui offrir ce baptême du feu qui est de l’Esprit-Saint. Espérez donc en La Lumière et dormez.

En achevant ce discours, dom Arbuez ayant, d’un signe, fait désenchaîner le malheureux, l’embrassa tendrement. Puis, ce fut le tour du fra redemptor qui, tout bas, pria le juif de lui pardonner ce qu’il lui avait fait subir en vue de le rédimer ; — puis l’accolèrent les deux familiers, dont le baiser, à travers leurs cagoules, fut silencieux. La cérémonie terminée, le captif fut laissé, seul et interdit, dans les ténèbres.
     
Rabbi Aser Abarbanel, la bouche sèche, le visage hébété de souffrance, considéra d’abord, sans attention précise, la porte fermée. — « Fermée ?… » Ce mot, tout au secret de lui-même, éveillait, en ses confuses pensées, une songerie. C’est qu’il avait entrevu, un instant, la lueur des lanternes en la fissure d’entre les murailles de cette porte. Une morbide idée d’espoir, due à l’affaissement de son cerveau, émut son être. Il se traîna vers l’insolite choseapparue ! Et, bien doucement, glissant un doigt, avec de longues précautions, dans l’entre-bâillement, il tira la porte vers lui… Ô stupeur ! par un hasard extraordinaire, le familier qui l’avait refermée avait tourné la grosse clef un peu avant le heurt contre les montant de pierre ! De sorte que, le pêne rouillé n’étant pas entré dans l’écrou, la porte roula de nouveau dans le réduit.

Le rabbin risqua un regard au dehors.

À la faveur d’une sorte d’obscurité livide, il distingua, tout d’abord, un demi-cercle de murs terreux, troués par des spirales de marches ; — et, dominant, en face de lui, cinq ou six degrés de pierre, une espèce de porche noir, donnant accès en un vaste corridor, dont il n’était possible d’entrevoir, d’en bas, que les premiers arceaux.

S’allongeant donc, il rampa jusqu’au ras de ce seuil. — Oui, c’était bien un corridor, mais d’une longueur démesurée ! Un jour blême, une lueur de rêve, l’éclairait : des veilleuses, suspendues aux voûtes, bleuissaient, par intervalles, la couleur terne de l’air : — le fond lointain n’était que de l’ombre. Pas une porte, latéralement, en cette étendue ! D’un seul côté, à sa gauche, des soupiraux, aux grilles croisées, en des enfoncées du mur, laissaient passer un crépuscule — qui devait être celui du soir, à cause des rouges rayures qui coupaient, de loin en loin, le dallage. Et quel effrayant silence !… Pourtant, là-bas, au profond de ces brumes, une issue pouvait donner sur la liberté ! La vacillante espérance du juif était tenace, car c’était la dernière.

Sans hésiter donc, il s’aventura sur les dalles, côtoyant la paroi des soupiraux, s’efforçant de se confondre avec la ténébreuse teinte des longues murailles. Il avançait avec lenteur, se traînant sur la poitrine — et se retenant de crier lorsqu’une plaie, récemment avivée, le lancinait.

Soudain, le bruit d’une sandale qui s’approchait parvint jusqu’à lui dans l’écho de cette allée de pierre. Un tremblement le secoua, l’anxiété l’étouffait ; sa vue s’obscurcit. Allons ! c’était fini, sans doute ! Il se blottit, à croppetons, dans un enfoncement, et, à demi mort, attendit.

C’était un familier qui se hâtait. Il passa rapidement, un arrache-muscles au poing, cagoule baissée, terrible, et disparut. Le saisissement, dont le rabbin venait de subir l’étreinte, ayant comme suspendu les fonctions de la vie, il demeura, près d’une heure, sans pouvoir effectuer un mouvement. Dans la crainte d’un surcroît de tourments s’il était repris, l’idée lui vint de retourner en son cachot. Mais le vieil espoir lui chuchotait, dans l’âme, ce divin Peut-être, qui réconforte dans les pires détresses ! Un miracle s’était produit ! Il ne fallait plus douter ! Il se remit donc à ramper vers l’évasion possible. Exténué de souffrance et de faim, tremblant d’angoisses, il avançait ! — Et ce sépulcral corridor semblait s’allonger mystérieusement ! Et lui, n’en finissant pas d’avancer, regardait toujours l’ombre, là-bas, où devait être une issue salvatrice !

— Oh ! oh ! voici que des pas sonnèrent de nouveau, mais, cette fois, plus lents et plus sonores. Les formes blanches et noires, aux longs chapeaux à bords roulés, de deux inquisiteurs, lui apparurent, émergeant sur l’air terne, là-bas. Ils causaient à voix basse et paraissaient en controverse sur un point important, car leurs mains s’agitaient.

À cet aspect, rabbi Aser Abarbanel ferma les yeux : son cœur battit à le tuer ; ses haillons furent pénétrés d’une froide sueur d’agonie ; il resta béant, immobile, étendu le long du mur, sous le rayon d’une veilleuse, immobile, implorant le Dieu de David.

Arrivés en face de lui, les deux inquisiteurs s’arrêtèrent sous la lueur de la lampe, — ceci par un hasard sans doute provenu de leur discussion. L’un d’eux, en écoutant son interlocuteur, se trouva regarder le rabbin ! Et, sous ce regard dont il ne comprit pas, d’abord, l’expression distraite, le malheureux croyait sentir les tenailles chaudes mordre encore sa pauvre chair ; il allait donc redevenir une plainte et une plaie ! Défaillant, ne pouvant respirer, les paupières battantes, il frissonnait, sous l’effleurement de cette robe. Mais, chose à la fois étrange et naturelle, les yeux de l’inquisiteur étaient évidemment ceux d’un homme profondément préoccupé de ce qu’il va répondre, absorbé par l’idée de ce qu’il écoute, ils étaient fixes — et semblaient regarder le juifsans le voir!

En effet, au bout de quelques minutes, les deux sinistres discuteurs continuèrent leur chemin, à pas lents, et toujours causant à voix basse, vers le carrefour d’où le captif était sorti ; ON NE L’AVAIT PAS VU !… Si bien que, dans l’horrible désarroi de ses sensations, celui-ci eut le cerveau traversé par cette idée : « Serais-je déjà mort, qu’on ne me voit pas ? » Une hideuse impression le tira de léthargie : en considérant le mur, tout contre son visage, il crut voir, en face des siens, deux yeux féroces qui l’observaient !… Il rejeta la tête en arrière en une transe éperdue et brusque, les cheveux dressés !… Mais non ! non. Sa main venait de se rendre compte, en tâtant les pierres : c’était le reflet des yeux de l’inquisiteur qu’il avait encore dans les prunelles, et qu’il avait réfracté sur deux taches de la muraille.

En marche ! Il fallait se hâter vers ce but qu’il s’imaginait (maladivement sans doute) être la délivrance ! vers ces ombres dont il n’était plus distant que d’une trentaine de pas, à peu près. Il reprit donc, plus vite, sur les genoux, sur les mains, sur le ventre, sa voie douloureuse ; et bientôt il entra dans la partie obscure de ce corridor effrayant.

Tout à coup, le misérable éprouva du froid sur ses mains qu’il appuyait sur les dalles ; cela provenait d’un violent souffle d’air, glissant sous une porte à laquelle aboutissaient les deux murs. — Ah Dieu ! si cette porte s’ouvrait sur le dehors ! Tout l’être du lamentable évadé eut comme un vertige d’espérance ! Il l’examinait, du haut en bas, sans pouvoir bien la distinguer à cause de l’assombrissement autour de lui. — Il tâtait : point de verrous, ni de serrure. — Un loquet !… Il se redressa : le loquet céda sous son pouce ; la silencieuse porte roula devant lui.
     
— « ALLELUIA !… » murmura, dans un immense soupir d’actions de grâces, le rabbin, maintenant debout sur le seuil, à la vue de ce qui lui apparaissait.

La porte s’était ouverte sur des jardins, sous une nuit d’étoiles ! sur le printemps, la liberté, la vie ! Cela donnait sur la campagne prochaine, se prolongeant vers les sierras dont les sinueuses lignes bleues se profilaient sur l’horizon ; — là, c’était le salut ! — Oh ! s’enfuir ! Il courrait toute la nuit sous ces bois de citronniers dont les parfums lui arrivaient. Une fois dans les montagnes, il serait sauvé ! Il respirait le bon air sacré ; le vent le ranimait, ses poumons ressuscitaient ! Il entendait, en son cœur dilaté, le Veni foràs de Lazare ! Et, pour bénir encore le Dieu qui lui accordait cette miséricorde, il étendit les bras devant lui, en levant les yeux au firmament. Ce fut une extase.

Alors, il crut voir l’ombre de ses bras se retourner sur lui-même : — il crut sentir que ces bras d’ombre l’entouraient, l’enlaçaient, — et qu’il était pressé tendrement contre une poitrine. Une haute figure était, en effet, auprès de la sienne. Confiant, il abaissa le regard vers cette figure — et demeura pantelant, affolé, l’œil morne, trémébond, gonflant les joues et bavant d’épouvante.

— Horreur ! il était dans les bras du Grand-Inquisiteur lui-même, du vénérable Pedro Arbuez d’Espila, qui le considérait, de grosses larmes plein les yeux, et d’un air de bon pasteur qui retrouve sa brebis égarée!…

Le sombre prêtre pressait contre son cœur, avec un élan de charité si fervente, le malheureux juif, que les pointes du cilice monacal sarclèrent, sous le froc, la poitrine du dominicain. Et, pendant que rabbi Aser Abarbanel, les yeux révulsés sous les paupières, râlait d’angoisse entre les bras de l’ascétique dom Arbuez et comprenait confusément, que toutes les phases de la fatale soirée n’étaient qu’un supplice prévu, celui de l’Espérance! le Grand-Inquisiteur, avec un accent de poignant reproche et le regard consterné, lui murmurait à l’oreille, d’une haleine brûlante et altérée par les jeûnes :

— Eh quoi, mon enfant ! À la veille, peut-être, du salut… vous vouliez donc nous quitter!


  
  

* El cuento de Auguste Villiers de L’Isle-Adam ha sido traducido del francés por Gregoria Gutiérrez Oliva y tomado de  «Nouveaux contes cruels et Propos d'au delà», Calmann Lévy Éditeur, (Paris: 1893); pp. 17-32.  La Dirección Editorial de Analecta Literaria agradece muy especialmente a la traductora española y a su editora Mayda Bustamante, Directora de Ediciones Huso de España la gentileza de habernos autorizado para su publicación en «Espejo Textual» la sección de traducciones bilingües de Analecta Literaria. Ofrecemos este relato de Auguste Villiers de L'Isle Adam como un adelanto del libro «El espejo invertido. Relatos de la mentira», una antología que incluye textos de Margarita de Navarra, Auguste Villiers de L’Isle-Adam, George Sand, Maupassant, Marcel Schwob y Guillaume Apollinaire con traducciones realizadas para esta edición por Gregoria Gutiérrez Oliva. También incluye textos de Ennana (según la versión inglesa de W.H. Flinders Petrie en Egyptian Tales, translated from the Papyri, 1899), Lieh-Yukou (de la versión inglesa de Lionel Gilles), Giovanni Boccaccio, Mary Shelley, Giovanni Verga, Ambrose Bierce, Robert Louis Stevenson, Oscar Wilde y Katherine Mansfield en versiones de Rogelio Quintana que ha tenido a su cargo la selección y el prólogo. La antología se completa con dos cuentos de Las mil y una noches en la traducción de Vicente Blasco Ibáñez, según la versión francesa de J.C. Mardrus (1899).








Analecta Literaria

Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias.

1 comentarios:

  1. Excelente cuento. Excelente traducción. Estupenda promoción que invita a la lectura.

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